Paul Schrader, guionista, escritor y director, se crió en una familia
cuya vida giraba en torno a la iglesia; en la cual no estaba bien
visto ir al cine. Es por ello por lo que Schrader no vio una
película hasta que cumplió los 17 años.
Ha
sido recientemente galardonado con la Espiga de Oro de Honor en la
Semana Internacional del Cine de Valladolid, y no le cuesta afirmar
que el cine ha dejado de estar dentro de la cultura, porque, al igual
que pasa en la política o en la música, el cine está fragmentado.
Su
comparación con el cine que se hacía en los 60 y 70 y el cine de
ahora es tajante. Asegura que antes, el cine era necesario para
ayudar a comprender a la gente lo que sucedía, cosa que hoy en día
no pasa. El cine siempre jugó un papel central en la discusión
(sobre los derechos civiles o la emancipación de la mujer, entre
otros), y ahora mismo, todo se mueve por máquinas que escuchan y se
comunican con otras máquinas.
Para
él, las redes sociales han disgregado los debates e internet ha
conseguido que solo hablemos con aquellos con los que estamos de
acuerdo.
La
diferencia de época la ve clara, y la atribuye a que los jóvenes de
hoy no creen en el futuro y en que el de sus hijos vaya a ser mejor,
lo que provoca un derrotismo que nunca antes había conocido.
Está
convencido de que el concepto de grandes complejos cinematográficos
está desapareciendo, y terminará por hacerlo por completo.
“The
Canyons” (haz click aquí si quieres ver el trailer) es su última película, pensada para la ineludible
era post salas, y bajo el nuevo modelo económico (financiación a
través de las redes sociales).
El
director afirma cosas como que una pantalla en casa tiene más
calidad que muchos cines, más cómodo, el sonido es mejor, la imagen
más nítida y es, sobre todo, más barato.
El
filme es una metáfora triste sobre el suicidio del cine. Está
protagonizada por dos personajes provocativos y provocadores, Lindsay
Lohan y James Deen, que tienen una relación que parece ser más un
juego de posesión por parte del hombre en vez de el placer de ambos.
El
guión, escrito por Bret Easton Ellis, está ambientado en el mundo
del cine de Los Ángeles, en el que se pone en escena el submundo
amargo de la industria de Hollywood a través de muertes, diálogos
entre ficción y realidad, y calles sucias.
Paul
Schrader muestra una vez más, su obsesión por el sexo, la
pornografía, el poder y la sangre.


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